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 El lugar que contempla la historia de generaciones que encontraron en un trapiche el medio de subsistencia y desarrollo para sus hogares y del municipio

Convención: la puerta dulce del Catatumbo

Por: Anderson Miguel Salinas Boada.

“Mucha gente pequeña, en lugares pequeños, haciendo cosas pequeñas, puede cambiar el mundo”, Eduardo Galeano.

Convención, enclavada en la cordillera oriental, la admirable ciudad llena de vida posee una vocación campesina a cultivar caña de azúcar; se reconoce entre sus montañas por ser el mayor productor de panela en Norte de Santander. Sus sonidos, relatos, costumbres y agricultura la ubican en el diverso territorio colombiano. 

Al departamento lo rodean 6.000 hectáreas de caña de azúcar y más de 450 trapiches, entre ellos 200 en la provincia de Ocaña y uno muy especial en Convención, el de Pedro Nel Santiago, al que los consejos de su padre aún lo guían por la vida. 

Son las 10 de la mañana y por lo general el clima engalana los días nublados que suelen presentarse en el municipio. Con la sabiduría que le otorgan los años, las largas jornadas de trabajo en el trapiche que durante más de cinco décadas marcaron su historia y la amabilidad de estas tierras, don Pedro forma parte del gran músculo cultural, económico y social que conserva la región. 

Para la puerta dulce la producción de panela se ubica como centro de exportación para la provincia de Ocaña y el sur del Cesar, convirtiendo a la Villa de los Caro en el eje de distribución a todo el departamento. El destino al que llega la producción es de 3.100 hectáreas que están sembradas con caña panelera, que representa una producción de 13.000 a 16.850 toneladas con destino directo a las cocinas nortesantandereanas. 

Enclavada en la cordillera oriental, la admirable ciudad llena de vida posee una vocación campesina a cultivar caña de azúcar.

Un proceso que para llegar hasta los hogares debe pasar por la siembra, limpieza y posterior recolecta donde espera el implacable trapiche. Del trapiche a los cobres del horno artesanal en donde la cocción dura aproximadamente una hora a fuego ardiente.

Del horno al dornajo para batir hasta darle el punto exacto, luego se echa al bongo para porcionar, con machete en mano, sobre las doberas con un espacio de 15 minutos para reposar y empacar.

“Decía mi papá que la panela es la economía del pobre, se cultiva, produce y llega a los hogares Poco necesita de intermediarios comerciales y es una tradición que sigue su camino de generación en generación” argumenta don Pedro, a quién lo acompañan dos de sus amigos de infancia, que señalan lo fundamental del aprendizaje heredado de sus padres. 

La memoria de los antepasados es uno de los pilares fundamentales donde se resguarda la cultura de los colombianos y colombianas, el lugar que contempla la historia de generaciones que encontraron en un trapiche el medio de subsistencia y desarrollo para sus hogares y del municipio: el significado de existencia para sus habitantes.

Con machete en mano porciona sobre las doberas con un espacio de 15 minutos para reposar y empacar.

La panela y sus derivados

A esta hermosa tradición agrícola, a su vez, la embellecen una serie de derivados que hacen de la gastronomía convencionista, el dulce que enriquece cada alma que se atreve a probar estas delicias; como lo son el alfandoque, el quenco, la cocada o una sensacional melcocha. 

De expresiones prolongadas, toda la experiencia que guarda el hermetismo de su receta, y con la fuerza que caracteriza a la mujer nortesantandereana, doña Ana de Dios, como es reconocida, salió adelante en su morada entre dulces y berraquera; una misión que con orgullo transmite entre saberes a sus hijos.

“Yo recibo pedidos por las noches para poder alistar el material que necesito y aquí vienen a buscar los encargos hasta la puerta de mi casa”, comenta entre risas agregando que sus productos con corazón de queso han sido exportados y hasta los mexicanos y norteamericanos probaron sus delicias.  

 El lugar que contempla la historia de generaciones que encontraron en un trapiche el medio de subsistencia y desarrollo para sus hogares y del municipio

Todas las mañanas, doña Ana de Dios comienza su día muy temprano; sobre las 4 de la mañana se levanta con la energía que la caracteriza y prepara el café con el que proyecta su día: el secreto, endulzarlo con la panela que arroja al día a día con la fuerza necesaria de deleitar el paladar de los y las convencionistas. 

El ingrediente que se cuela en todas las recetas de su hogar y que por suerte prevalece en el corazón de las montañas catatumberas, uno de los resguardos culturales territoriales para la cultura colombiana.  “Usted llega a la plaza principal o a cualquier lugar del pueblo y pregunta por Ana de Dios, inmediatamente lo mandan para mi casa”, la dirección precisa para dar con el paradero de los dulces de doña Ana de Dios, en la puerta del Catatumbo.